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[Histoire et Politique]
 
 

 

  Entre-visto: William Navarrete
por: Perla Marina Alcober*

Edad de miedo al frío en París

William Navarrete, poeta, crítico de arte, narrador y ensayista, nació en 1968, año casi cabalístico para la posmodernidad. Con el mayo parisino terminaba, simbólicamente, una época, para dar paso a un escepticismo que marcaría la conciencia de Occidente. En Cuba, el mes de marzo de ese año anunció, por carácter transitivo, una aceleración de la cuenta regresiva iniciada en la nación apenas 9 años atrás.

Portada de
"Edad de miedo al frío"
(Ed. Aduana Vieja,
Cádiz, 2005).
Oleo "Cuba:
la liberté perdue"
del pintor cubano
Joaquín Ferrer,
 exilado en París.

 

Fidel Castro decretó entonces el inicio de la llamada Ofensiva Revolucionaria; cercenó en un solo discurso cualquier sueño o aspiración a un futuro mejor. Como sentenció un amigo, comenzaba para Cuba un período aún más oscuro. Y los cubanos a partir de esa fecha tendrían también el escepticismo como una segunda piel. Continuaría el lento drenaje hacia el exilio en una diáspora que esencialmente no escoge puntos cardinales sino que muchas veces los acepta como sentencia o como regalo de libertad. Se iba conformando ya para entonces ese bloque heterogéneo de intelectuales cuya voz es hoy día reconocible y reconocida por la soberbia solidez de su obra, por el acervo de dolor, nostalgia, odio, reflexión y rebeldía que transpira. Navarrete, nacido en Cuba y exiliado en París, es actualmente uno de los mejores poetas dentro de lo que suele conocerse como “literatura cubana en el exilio”. En su último libro "Edad de miedo al frío y otros poemas", publicado recientemente por la editorial gaditana Aduana Vieja, se advierte el equilibrio entre verso, emoción y ritmo que se va alcanzando en el camino de la maduración del oficio. Peregrino como todo poeta o soñador, William Navarrete comparte con nosotros, los locos de esta nave, a propósito de "Edad de miedo al frío".

PMA- ¿Desde cuándo comenzaste a escribir poesía?

WN- Empecé a escribir poesía desde la adolescencia. Hacía unos versos que por suerte han desaparecido –creo yo– para siempre pues no conservé nada de esa época. Como casi todo el mundo que intenta escribir poesía mis primeros versos estaban motivados por alguna pasión pasajera, o peregrina, pues pasión al fin y al cabo iba y venía con la misma irregularidad con que deseaba expresar algo al respecto, casi siempre dirigido a una persona. Pero finalmente terminaba evocando otro tema y me olvidaba de la razón por la que había empezado aquel remedo de poema. Creo que lo primero que leí en poesía fue a los románticos del XIX. En el ámbito de América Latina, Rubén Darío y Julián del Casal. Recuerdo que me deleitaba la textura que evocaban sus versos, la atmósfera de melancólico abandono, de caos existencial que terminaba siendo dominado por un conocimiento exquisito de la forma y el valor justo de las palabras. Me intrigaban sobremanera los versos de Sor Juana Inés de la Cruz y de San Juan de la Cruz, porque la pasión mística que les inspiraba, sobre todo en el segundo, desbordaba los límites impuestos por el objeto y alcanzaban proporciones inconmensurables, obteniéndose, por exceso, el resultado que quizás no se proponían: lo profano. También recuerdo que me provocaba un sentimiento de extrañamiento seductor el poema de Gertrudis Gómez de Avellaneda "Al partir" y proyectaba desde mi adolescencia habanera idéntica fuga, siempre en dirección a Europa, con las velas izadas al viento. La realidad suele ser despiadada con las quimeras poéticas pues salí en un traqueteante avión de Cubana de Aviación donde iba el actor francés Pierre Richard con una camiseta del Che Guevara y un sombrero de yarey que acentuaban lo ridículo que le quedaba, incluso, el bronceado adquirido durante una filmación en Cayo Largo con aquellos pelos amarillosos como escobillones pasados por agua oxigenada y una sonrisa casi caballuna.

PMA- ¿Por qué Francia para tu exilio? ¿País escogido o país aceptado por las circunstancias?

WN- País escogido y aceptado a la vez por feliz circunstancia. Yo estudiaba Historia del Arte en la Universidad de La Habana y tenía muchos amigos de clase (extranjeros) que veraneaban en París. Soñaba con ver en el Louvre y, en su dimensión justa, las obras maestras de la pintura universal. Sabía que los únicos que habían logrado integrar la perfección del arte clásico italiano a su propia experiencia estética cotidiana eran los franceses. Me fascinaba la ligereza con que Francia había desdeñado un estilo portentoso de su propia creación, como era el gótico, y se habían lanzado como el aprendiz talentoso al que no le tiembla el pulso, a saquear, intelectualmente hablando, el refinamiento extremo de las proporciones renacentistas de Italia, expresándolo en una sucesión de obras arquitectónicas extraordinarias tanto en las construcciones de castillos en el Valle del Loira como en las estructuras plásticas de la pintura de Nicolas Poussin. Los franceses añadieron al Renacimiento el sentimiento de profunda reflexión que les es propio, unido al misterio de una geografía nebulosa, oceánica y proyectada hacia la grandeza espiritual e ideológica. Recuerdo que a través de los cursos de Historia del Arte, en que pasábamos horas viendo desfilar mediante un proyector siglos de devoción humana por el arte, los profesores hacían hincapié en la "manera" italiana, que yo entendía pero que me hacía sospechar a la vez que carecía de "algo", y ese algo era tal vez el demonio de la creación, el que hace que vibren en lo más profundo las emociones estéticas. Ese demonio, esa risa sarcástica al final de un concierto magistral del que nadie reclamaría ni una falsa nota, lo había adquirido el arte de Francia.

Yo creo que el deseo desmedido puede propiciar lo deseado o alejarlo para siempre. Mi deseo desmedido era París. Más que Venecia o Roma. De niño me pasaba largos ratos recorriendo en un plano gigantesco que había en casa las calles de París. Era un plano del París haussmanniano y se veían los edificios en perspectiva de alzada, las perspectivas simétricas de las avenidas, jardines y monumentos. Cuando al llegar de Cuba atravesé París, en carro, todo aquello me era absolutamente familiar, como si la ciudad que había conquistado mentalmente me ofreciera su dimensión física real como refugio plácido. En ese mismo instante entendí que haría un viaje de regreso a La Habana en que podría prescindir definitivamente de su dimensión física real a favor de una apropiación espiritual que me negó la caótica cotidianeidad de la vida cubana.

PMA- ¿Cómo se manifiesta Cuba en la evolución de tu obra después de viajes incesantes por otras culturas?

WN- La Cuba física, las calles de las ciudades, la vegetación, los olores, las sensaciones vinculadas al clima, los colores e incluso el nombre de ciertas cosas se van esfumando lentamente. En ello no veo más que un simple desgaste de la memoria que no se renueva por ausencia de contacto sensorial con la isla. Aquí no entran en consideración ninguno de esos efectos del consciente o del inconsciente que la gente siempre está evocando. Ni busco conservar recuerdo alguno ni tampoco me interesa olvidar nada. Dejo simplemente que quede lo que debe quedar y que desaparezca lo que al parecer no necesita mi memoria para seguir andando. Cuba se ha ido esfumando –al menos en los temas que pueden inspirar un verso, por ejemplo– en la medida en que he ganado en conocimiento del ser humano de diferentes latitudes. Creo que a eso ya lo han llamado "lo universal". Aunque me encuentre en la plaza de Jamaa-al-Fnâ de Marrakech, en pleno bazar de Estambul, al pie de la colina del castillo de Hradcâny en Praga o en la plaza de Campeche que tanto recuerda a Trinidad, observo que el ser humano sigue actuando guiado por similares instintos y deseos. Lo que cambia, como cuando se asiste al teatro, es el "décor" que puede, a su vez, ser efímero por cuanto es material. También puede cambiar la libertad de la que uno disponga para echar a andar sus fantasías: libertad personal y libertad del medio. Acabo de preparar un poemario que he titulado "Lumbres veladas del Sur". En él sólo hay cuatro menciones indirectas a Cuba. Tres son exergos (Lezama Lima, Enrique Loynaz y Zoé Valdés) y la cuarta, es una pomadita china que se compraba en una botica del barrio de Zanja y que me encontré sorpresivamente en la albórbola abigarrada y delirante de la plaza de Jamaa en Marraquech y que cierra el poema "El gran halka". En ese poemario lo que queda de Cuba soy yo y una forma cubana de ver y entender el mundo. Creo que ya es bastante.

PMA- Con "Edad de miedo al frío y otros poemas" obtuviste el Premio Eugenio Florit (New York, 2000). ¿Cómo y dónde lo comenzaste?

WN- En ese poemario hay poemas que van desde 1994 hasta 2002. O sea, es el poema de los versos sobrevivientes porque todo lo de ese período que no está ahí terminó en los grandes incineradores de Issy-les-Molineux, el Cayo Cruz sofisticado de París. Son los versos de la última glaciación, ocho años en que me estuve preguntando si necesitaba compartir con mis congéneres las cosas que muchas veces escribo para mí. Puede que por pudor, pero también por excesivo respeto al preciado tiempo de cada cual, no había pensado nunca en publicar poemas. Luego me di cuenta que la libertad de creación va asimilada al libre albedrío del lector. Ese equilibrio nunca se podrá romper pues nadie leerá nunca lo que no tiene ganas de leer. Tanto es así que a mí me obligaron en Cuba a leer los manuales de marxismo-leninismo y de esas lecturas no recuerdo sinceramente más que la famosa disyuntiva del ser o la materia como fuentes primigenias. Y ni siquiera le corresponde al marxismo semejante cuestionamiento. De modo que, entendiendo que en nada afectaría el curso natural de los acontecimientos, y mucho menos el de los sentimientos, decidí sacar de los hielos todos esos miedos congelados.

PMA- En la primera parte de este libro hay una presencia constante de las ciudades: Venecia, Esparta, Estambul. Pero ¿qué tanto de la Habana hay en cada uno de los poemas en los que cantas a las ciudades? ¿Son varias o en realidad es una sola: la Habana en la memoria?

WN- Soy un citadino empedernido. El campo, las hierbas y los insectos me dan hasta picazón. Fíjate si es así que hace poco salí de París en excursión al bosque de Rambouillet y tuve que regresar al carro porque apenas me puse a caminar bajo los castaños que me empezó a dar vueltas la cabeza por el exceso de oxígeno. Así que estoy preparado para la debacle ecológica. En realidad, cada ciudad tiene su peso propio. Jamás se me ocurriría sentir en Esparta la presencia de La Habana. Primero que todo porque la vegetación del Peloponeso no existe en Cuba y viceversa. Segundo porque la historia de Esparta en lo único que se asemeja a la de La Habana es que en esta última la vida es como una espartaquiada circense en pos de lo inmediato. Tercero porque en Esparta sólo los bosquecillos ralos imitan el sonido del mar. No. Decididamente si hay algo de La Habana en lo que he escrito sobre Venecia o sobre Estambul debe ser mi manera de decir. Lo que sí une a muchas de estas ciudades es que todas han sido víctimas de su gloria en mayor o menor medida. Esos versos son una estocada para burlar el tiempo y el hombre que las corroe.

PMA- ¿Qué poemas integran tu próximo poemario: "Lumbres veladas del Sur"? ¿Cómo se fue conformando?

WN- Como su nombre lo indica es un poemario que evoca en su integridad lo que a los occidentales se nos antoja como una cultura velada: la del África nordsahariana, y de la que formaríamos parte indisociable en tanto que mediterráneos si no fuera porque no compartimos el dogma coránico. O sea, que los velos se corren y aparecen como lumbres, tal vez como candeladas ancestrales de las fiestas de San Juan, un mundo que yace aplastado por el peso de una ideología, en este caso religiosa, que parece haberse instaurado en el modo de actuar de esos hombres con respecto a sus semejantes y al mundo exterior. Más que repulsión es un mundo que necesita comprensión, como necesitó el hombre medieval europeo del humanismo renacentista para apagar definitivamente las llamas de las hogueras inquisitoriales y dejar sólo la lumbre de una candelada simbólica o de una procesión festiva en determinadas fechas. Vivimos un contexto geopolítico de una fragilidad alarmante. Sabido es que alimentar las llamas no puede conducir a otra cosa que a la desolación. Un conflicto de este tipo sólo puede acarrear pérdidas para los que tenemos algo que perder, o sea, para los que hemos transitado por siglos de oscurantismo para cultivar tranquilamente nuestros rosales al amparo de los predadores. En lugar de gritar histéricamente como vendedores de patatas en un mercado dominical, ese mercadillo vociferador que le quita a uno el sueño matinal en el único día de reposo, los occidentales deberíamos mediar inteligentemente para evitar el descalabro final. Pero sabido es que los políticos suelen ser gente de poca cultura, cuando no son simplemente magnates. Pues bien, yo decidí cometer un "magnicidio" –y permíteme el neologismo– entrándole a eso que suele llamarse el "mundo oriental" y que tratándose del noroeste de Mahgreb no es más oriental, con respeto a Francia y España, que Grecia, por ejemplo, por la parte en la que más podemos identificarnos con ese pueblo: el dolor, la represión, la hipocresía por conveniencia social, la frustración, el amor, el deseo, la inhibición, el miedo. Sentimientos mezclados de los que cualquier ser humano puede ser víctima o simplemente deudor.

Cuba no es ajena a este tipo de régimen opresor y los cubanos, al menos los que viven en una simulación constante con respecto al poder, son también víctimas de la religión de Estado, que en nuestro caso es el totalitarismo neofascista. Los ingredientes son los mismos, sólo cambian los manuales. Por razones diferentes pero con idénticos destructores fines –destructores de la psiquis del hombre quiero decir– los cubanos deben falsear constantemente sus relaciones con sus semejantes para escapar de las linternas siempre encendidas del poder. Cuando uno ve esto, que sea de un lado u otro, o sea, al pie de los Atlas o en el valle casi estéril del Cauto de hoy, uno no puede menos que exclamar ¡pobre gente! Pero hay quienes pretenden darle a todo esto un sentido de espejismo, alegando que en cualquier lugar del mundo se sufre o se ama igual. Son gente que no logran confundirse ni a ellos mismo. Hemos visto demasiado para dejarnos atraer por trompetas embaucadoras. Deben tener el síndrome del cautivo, que es una relación casi erótica con la sumisión que le inspira el poder del macho. Es un problema que en buen cubano se resuelve de otro modo: no voy a revelarles el cómo. Eso sucede en cierta medida en la cultura del norte de África como sucede en Cuba. Una razón de más para exclamar ¡pobre gente!, para añadir luego ¡al que le guste que lo disfrute, pero que me dejen en paz!

El poemario es un recorrido por las experiencias de este tipo, y el dolor, como en una mascarada, queda "velado" por el placer estético que puede inspirar una sonrisa, un toque de laúd, una gastronomía excelsa, un atardecer ocre al pie de las dunas, un canto de mujer berebere, un gesto como una pantomima ancestral al anudarse un turbante. O sea, la fascinación que matiza todo horror engendrado por el poder de unos pocos y su efecto nocivo en la mente humana a la vez que fecundo para quien quiere expresarlo con imágenes.

PMA- En "Bucentauro", en "Medusa en la cisterna de Estambul" y en "Amor de Esparta", se percibe la influencia de Cavafis, mientras que en "Huracanes" y en el "Edad de miedo al frío", siento en el ritmo la presencia de Ballagas. Partiendo de esta apreciación muy personal, ¿cuáles son los poetas cubanos y extranjeros que han marcado tu obra?

WN- Lo que me fascina de Cavafis, más que su poesía, es la cuerda floja en la que se movía con paso inseguro entre Atenas y Alejandría, o sea, siempre a las puertas de Europa y a las puertas del Oriente, sin estar ni entrar plenamente en una ni en otra. Pero hasta tanto no se lea y entienda el griego de poco vale hablar de influencias de Cavafis porque la poesía es música de palabras y no se puede captar mientras no se conozca la lengua que inspira esas palabras. En cuanto a Ballagas, que suele ser muy menospreciado al parecer por la parte kischt de su expresión, nunca lo he leído verdaderamente. Creo que me han recitado uno o dos poemas sentado bajo los pinos que desde la carretera que va a Key Biscayne permite ver los rascacielos del "downtown" de Miami. Con eso te lo digo todo. Pero entiendo que hay una forma cubana de decir, que es la misma que está presente en Martí y que luego aparece en la música de expresión popular, en ciertos boleros y otros géneros cantados. Es una forma atractiva, al menos para nosotros y que también fascina a los extranjeros porque hay una relación erótica con la lengua, con el orden de las palabras, con las estructuras mentales e incluso con la musicalidad que engendran tales perspectivas. Las palabras para un cubano son como frutas que se comen con voracidad a la vez que el desgano vence al gesto con que se lanza la semilla.

El poeta que he leído con más gusto y del que he llenado cada verso de anotaciones es Gastón Baquero. Me gusta el humor culto, el tira y encoje y la manera con que de pronto en medio de una tristeza luctuosa aparece un rigodón para tirarle una trompetilla a los que siempre andan con cara de circunspectos. También me gusta la dignidad de Dulce María Loynaz. O sea, la dignidad de su palabra que es consecuente consigo misma. Me parece fascinante la manera en que se burla de sus propias flaquezas a la vez que aparece ataviada con sus mejores prendas que no son más que las armas naturales que le permiten mirar al mundo por encima de los árboles. En cuanto a los no cubanos ya anduve hace tiempo con Verlaine viviendo plenamente la vida.

PMA- Marguerite Yourcenar casi no escribió poesía; sólo dos poemarios ("Le jardin des chimėres" y "Les Dieux ne sont pas morts") cuando tenía 16 y 17 años. Sin embargo, en este libro tuyo hay ciertos giros, algunas imágenes que recuerdan a la magnífica autora belga. ¿Es parte esto de la influencia de la literatura francófona? ¿Has escrito algún poema en francés?

WN- Marguerite Yourcenar es mi escritor(a) preferido(a). El helenismo no fue más que la internacionalización de lo mejor que había dado el hombre hasta entonces. Es eso que llaman ahora globalización y que la gente confunde exclusivamente con la latica de Coca Cola sin pensar que gracias a eso yo, desde París, cómodamente instalado en una tarde de verano agobiante, te mandaré estas líneas en breves segundos y que en breves segundos mi amiga Olivia Ocampo en las Antillas Holandesas las leerá en cuanto las pongas en pantalla. Pues bien, Marguerite Yourcenar, de vida discreta y replegada por las circunstancias del hombre que se arroga dictámenes morales en los que ni él mismo cree de no ser para afianzar su poder político sobre amplios grupos humanos, descubrió esa internacionalización que ha hecho de su obra un patrimonio universal. Me resulta admirable que en su escritura no haya ni una fisura, ni un intersticio por el que puedan colarse equívocos. Semejante edificio, por su solidez y por la precisión que expresa una mente ordenada según la mejor tradición francesa de la razón, necesita un entrenamiento casi militar. Para eso hay que haber sido educado bajo otros climas. Tienes que sentirte obligado por el gris invernal a mirar dentro de ti para que cuando llegue la estación de las flores escojas con cual de ellas terminarás descubriéndole al mundo, sin agobiarlo y sin ser recalcitrante, tu profunda convicción del hermoso misterio de la vida. Marguerite Yourcenar en este sentido más que una escuela, es una institución letrada. De hecho, nadie recuerda que fuera belga porque en esto de las "internacionalizaciones" se acogió al árbol grande por aquello que da más sombra, y como buena helenista terminó, con razón, consagrada a Francia.

Y, sí, he escrito muchos versos en francés pero me niego rotundamente, por la memoria de Marguerite Yourcenar, a darte tan sólo uno. Tendrás que esperar el próximo deshielo… que quizás, visto como va el recalentamiento y otros cataclismos anunciados, no deba demorar mucho.

PMA- ¿Has escrito cuentos o novelas?

WN- Tengo dos novelas cubanas que como no fueron publicadas en su momento ya no me interesa publicar pues quien habla en ellas no es más que un pálido reflejo de lo que es hoy. Es más, ni me interesa publicarlas ya pues cumplieron su cometido: me divertí mucho escribiéndolas, que es lo esencial, y ventilé en ellas, sobre todo en la primera, las dudas que sobre mí mismo, mi historia personal y mis recuerdos podrían atormentarme. Puede que la segunda tenga todavía cierto interés, pues en ella el humor lleva el peso de la trama. Por el momento como corresponde a la época en que vivimos están muy bien donde están: engavetadas. A lo mejor dejo los manuscritos en el Fondo de la Biblioteca Otto Richter de la Universidad de Miami con una cláusula irrevocable que diga "prohibido publicar después de la desaparición física del autor". A una, otra ¿no?

PMA- ¿Cómo te relacionas con otros poetas cubanos exiliados en Francia? ¿Qué actividades se realizan en París en torno a la poesía?

WN- La persona con quien más relación tengo en este ámbito de la poesía en que me acorralas generosamente con la pregunta es Zoé Valdés. Es una excelente poeta con una sensibilidad que para mí resulta todavía misteriosa y que no se puede descubrir en medio de su amplia actividad profesional. Hay una inquietud constante y sobre todo, algo muy raro hoy día, una opinión casi siempre certera que, emitida en dos palabras, es como un relámpago que te deja ver los contornos de los cosas que la oscuridad disimula. También tiene algo que yo admiro profundamente: la autenticidad. Con Zoé Valdés no valen ni remilgos ni simulaciones. Hay versos de ella que son como una saeta que estremece árboles. También admiro mucho la poesía de Nivaria Tejera porque amasa las palabras con las tripas. Tal vez no haya imagen menos poética que ésta, pero es como Bacon si hubiera pintado su tortuosa psiquis británica a orillas del malecón habanero. Luego no escasean en París los cubanos que versan. Recientemente publiqué una breve antología de poesía cubana contemporánea en París a la que titulé "Insulas al pairo" (Ed. Aduana Vieja, Cádiz, 2004). La poesía de Gina Pellón, más conocida por su obra pictórica, ha sido una revelación pues ha logrado escribir versos de la misma manera que pinta. Su poemario "Vendedor de olvidos" acaba también de ver la luz en la editorial Aduana Vieja, de Cádiz. También hay otra poeta admirable y muy poco conocida: Lira Campoamor. Desbordante de talento y de vivencias. Este verano estaré con Eyda Machín, otra cubana de París, y presentaremos nuestros poemarios en Miami. Toda esa Cuba diversa y de gran riqueza pulula en París. Y creo que tiene mucho por decir y revelar todavía.

PMA- Además de poeta, crítico de arte, periodista y ensayista te desempeñas en el activismo político… ¿Cuál es la propuesta de la ATREC, que presides?

WN- Cuba es la causa pendiente de la generación de mis padres. Cuando yo nací ese tren ya estaba en marcha y descarrilándose. Lo ideal (y casi lo más saludable de mi parte) hubiera sido decir: ¡qué lo quiten quiénes lo pusieron! Después de toda esa porquería de sistema, fruto de la frivolidad de pequeña burguesía bailadora de cha cha cha chá o de austeras gallegadas, según el caso, fue lo que me dejaron como herencia inmediata. Pero Cuba es, desgraciadamente en las circunstancias actuales, mi madre. Y a las madres uno no las escoge. Hay demasiada gente que no puede gritar y demasiada gente a la que no le conviene gritar. Todo eso forma parte del laboratorio de la cubanía, desgarrador y lamentable. La propuesta de la ATREC en este sentido es crear desde ahora una tribuna que permita, llegado el momento inevitable en que el latifundista muera, que sus capataces de finca no prolonguen el estado feudal más allá de la muerte del jefe. Eso sólo se puede lograr con un consenso internacional y una exigencia radical de parte de las Naciones Unidas so pena de no reconocimiento de otro Estado cubano que no emane de las urnas pluripartidistas.

PMA- ¿Cuál es el saldo que han dejado en los jóvenes de tu generación estos largos 45 años de totalitarismo cubano? ¿Desesperanza, cinismo, rebeldía?

WN- Un sentido de sobrevivencia aterrador que corresponde más al reino animal irracional que al del ser humano. La sobreviviencia, a todo precio, es la consigna que insta al hombre desde tiempos inmemoriales. Eso lo sabemos. Pero, el hombre que vive en cierto tipo de democracia logra, en medio de sus intereses personales, construir algo que queda como beneficio para quienes le siguen. Mi generación nació en un sistema en que el proyecto personal de sobrevivencia no implica generosidad alguna con respecto a las generaciones venideras y ni siquiera con la de nuestros contemporáneos. El sistema no te permite mirar atrás, tampoco hacer balances de tu propia vida. El sistema te obliga a poner mientes en pequeñeces o, como ha sido el caso de quienes nos hemos largado, a reconstruir tu vida en otras partes. En este desajuste la mayoría quedó marcada para siempre por la terrible circunstancia de no tener tiempo para mirar hacia el pasado y de no tener tiempo tampoco para mirar en derredor de modo que no sea para joder a alguien, pisotear y seguir adelante tú. Eso es lo que, grosso modo, tenemos. Al instinto reforzado de la sobrevivencia en medio de ese absurdo sistema se une la condición natural del cubano para el placer personal. Toda esa apariencia es sobrecogedora. Muchos europeos y latinoamericanos han llamado mi atención diciéndome que detrás de la expresión de alegría de los cubanos están las miradas más tristes que existen en el mundo. Fíjate que digo tristes, no glaciales como las nórdicas, que no es lo mismo. Y desde entonces me he puesto a observar a gentes de mi generación que bailan en salas de salsa en París o que siempre andan vestidos como para rumbear. Y en efecto, esas miradas esconden el precio que se paga para poder sobrevivir. La cara está de fiesta pero el corazón de luto, y lo peor es que casi ninguno sabe por qué. Y es que en estas condiciones la felicidad es una reminiscencia que flashea intermitentemente como las luces de la fiesta a la que asisten por instinto natural.

PMA- En "Edad de miedo al frío" rescaté las imágenes de La Habana de "un carro de fuego trepidante, en el que vamos todos por la vida". Son palabras tuyas. ¿Hacia donde se dirige tu carro de fuego, a dónde esperas llegar?

WN- Mi carro de fuego se dirige a donde ningún hombre, venga de donde venga, pueda, con su necedad, apaciguar sus brasas. O sea, que ni siquiera se dirige sino que más bien se pone "al resguardo de". Pero como la necedad en los hombres puede perdurar como ciertos instintos infantiles, hay que poner en marcha el carro cada día para tirarle una trompetilla irritante a quienes pretenden apagar las llamas. Con el tiempo lo que significaba un esfuerzo se va convirtiendo en reflejo que desencadenas sin perder el sueño, sin dejar de echar una saludable siesta y sin vomitar, de vez en cuando, un verso o una entrevista que te hace alguien que sabe leer.


*Entrevistó en exclusiva para www.laperegrinamagazine.com Perla Marina Alcober, escritora, periodista cubana residente en Miami donde es representante de ATREC en esta ciudad para Estados Unidos.

 

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