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Censurado en Cuba
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"Con el alma cautiva"

"Con el alma cautiva"
Néstor Rodríguez Lobaina
Editorial Aduana Vieja,
Valencia, 2007
Portada de David
Martínez.
Por: William Navarrete
La editorial española Aduana
Vieja, con sede en Valencia, en colaboración con el Directorio Democrático
Cubano (Miami) acaba de publicar el poemario
Con el alma cautiva,
del disidente cubano Néstor Rodríguez Lobaina (Cuba, 1965). Es el segundo
poemario de un opositor pacífico al régimen de La Habana que publica dicha
editorial. Anteriormente esta misma casa de edición había sacado a la luz
los versos del prisionero de la Primavera del 2003, Regis Iglesias Ramírez,
en un libro titulado
Historias gentiles antes de la
Resurrección.
Aduana Vieja prepara igualmente, en estos momentos, una compilación de
cuentos de Jorge Olivera Castillo, también encarcelado durante la Primavera
Negra y retenido en la isla donde se le niega el derecho de salir del país.
Con el alma cautiva
recoge los versos que Rodríguez Lobaina escribió, entre el año 1994 y el
2004 en la Prisión Provincial del Combinado de Guantánamo, en la Prisión
Provincial de Aguadores, en Santiago de Cuba, y en los campamentos de
trabajo forzado de La Bamba, El Corojo y El Granadillo, todos en la
provincia de Guantánamo.
Prisionero de conciencia, Néstor
Rodríguez Lobaina no pudo terminar sus estudios técnicos en la rama
energética por sus continuas manifestaciones de inconformidad ante el
régimen. En julio de 1991, junto a otros jóvenes, funda la organización
disidente de oposición pacífica Movimiento Cubano de Jóvenes por la
Democracia, la cual preside hoy día. Desde entonces ha sido detenido,
golpeado y encarcelado múltiples veces, en una de cuyas ocasiones realizó
una huelga de hambre que estuvo a punto de costarle la vida.
Al poemario
Con el alma cautiva,
ilustrado con portada del pintor David Martínez, le precede un prólogo
escrito por Alberto Olivares Núñez y una Nota del Autor en que podemos leer:
"Para los que me arrebataron cruelmente el calor de mi pequeña hija, el amor
de la mujer amada, la atención de mi anciana y enferma madrecita; y para los
que en un acto vil y cobarde de venganza me torturaron y golpearon
salvajemente: mi mayor expresión de pena y perdón cristiano".
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El fruto deleitoso de la justicia*
William Navarrete
La publicación en un solo volumen de cuatro ensayos magistrales del
economista cubano Raúl Maestri Arredondo (La Habana, 1908 - Manassas,
Virginia,1973) publicados hace más de medio siglo, en Madrid el primero y en
La Habana los restantes, es, por varias razones, un acontecimiento mayor
para los historiadores y estudiosos del pensamiento político en Cuba, y por
extensión, en el mundo hispánico.
Desde que entré en conocimiento, gracias a mi amistad con Regina H. Maestri,
viuda del autor, de la existencia de las cuatro obras capitales que hoy
compilamos, temblé ante el abismo que separaba al valor, el peso y la
magnificiencia del trabajo de Raúl Maestri y el desconocimiento involuntario
u olvido malintencionado, incluso entre los corifeos de la cubanología, no
digo ya de la existencia, sino de la vida misma de este hombre
extraordinario. Debo aclarar que un primer intento de rescatar a la figura
de Maestri se concretizó en un ensayo que le fuera dedicado por su amigo, el
escritor José Ignacio Rasco y que quedara plasmado en el volumen de estudios
republicanos cubanos 1902-2002 Centenario de la República Cubana (Ed.
Universal, Miami, 2002) que con motivo de esta magna conmemoración publicó
la asociación que para estos efectos fundáramos Javier de Castro y quien
escribe en las postrimerías del Centenario. Sin embargo, a la excepción del
mencionado ensayo y la generosa fidelidad de su autor, las tintas no
corrieron y nada más se oyó decir, ni en meras citaciones, de la figura
cimera a la que con orgullo y sentido de responsabilidad hemos entregado
junto a la editorial Aduana Vieja no pocas horas de intenso trabajo para su
rescate.
Las obras de Raúl Maestri que volvemos a abrir para Cuba y para el mundo
son, siguiendo el orden cronológico de sus ediciones príncipes: El
Nacionalsocialismo alemán (Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1932), Notas de la
URSS (Ed. José Montero, La Habana, 1936); Arango y Parreño: el estadista sin
Estado (Ed. Publicaciones de la Secretaría de Educación, La Habana, 1937) y
La prensa y los nuevos problemas de la cooperación hemisférica (Ed. Diario
de la Marina, La Habana, 1941).
Tal vez quien mejor resume la razón del incomprensible olvido de Raúl
Maestri sea el propio José Ignacio Rasco al recordar en su ensayo que en
medio de la abundancia o variedad de temáticas cubanas "el bosque no deja
ver el árbol". Y de ello se trata al hablar de este insigne cubano, de un
árbol cuyas raíces han bebido en la fuente del saber, en la Alemania de
entreguerras donde fue alumno del profesor austríaco Joseph A. Schumpeter,
en la Universidad de Heidelberg; en la propia España de Ortega y Gasset, con
quien se relaciona durante su paso por Madrid y quien escribe un entusiasta
prólogo e insta al joven cubano a la publicación de El Nacionalsocialismo
alemán; o en la propia Universidad de La Habana donde se gradúa de Derecho y
publica su tesis "El latifundio en la economía cubana" (1929).
Árbol fructífero de su tiempo, Raúl Maestri escondía sin saberlo en el
abundante follaje de su conocimiento al enemigo celoso de su estrella. Entre
cubanas querellas El Nacionalsocialismo alemán, profundo estudio de las
bases de esta ideología escrito en Colonia, valiente desafío que
desmantelaba antes de su triunfo el carácter propagandístico de la misma y
premonición escalofriante de la fuerza destructora que significaría para
Alemania y para el mundo, fue, por así decirlo, un libro que pasó con más
penas que glorias en la "piñita" de la élite intelectual de la Cuba que
giraba sobre la sempiterna órbita de su propio ombligo, siempre fuera de la
órbita que regía y rige el destino del orbe.
El Nacionalsocialismo alemán, siendo probablemente el mejor libro en letras
hispánicas que hasta ese momento denunciara al nazismo, con instrumentos tan
precisos que aún hoy me parecen más propios de la disección científica que
de sus remedos pamplinescos, quedó soslayado, aún sin que se le leyera, por
el simple hecho de llevar en su portada la imagen del Führer saludando (y
saludado) por las enardecidas masas poderosas y anónimas de la
Jugendbewegung y del Sturnmabteilungen alemanas. En el follaje frondoso de
la sabiduría de Maestri se camuflaban, muy a pesar de él y bajo éste u otro
pretexto, los envidiosillos de siempre: los que sabían que aquel cubano
había dado el salto que exige del pensador tocado por la gracia el selecto
círculo de hombres universales, abarcadores y hacedores de historia. Y le
faltó tal vez valor al autor para elevar, en medio de aquel recelo y
hostilidad rival, y con la misma fuerza con que lo hizo en su libro en
contra del embaucador nazi, la voz de su propia defensa. Con ello quiero
dejar dicho que los cubanos no sólo perdimos a Raúl Maestri entre las ramas
oscuras de revoluciones, censuras, éxodos y exilios posteriores, sino que lo
perdieron también aquéllos, y nosotros, en lo que tal vez hubiera sido el
mejor libro sobre la ascención y la caída de la Alemania Nazi, si se
hubieran abierto, como lo merecía, de par en par, las puertas a El
Nacionalsocialismo alemán, premonitor y agudísimo.
Y es que leer en los albores de un nuevo siglo el enjundioso ensayo que
inaugura esta compilación significa entender, desde sus inicios mismos, al
nacionalsocialismo en el contexto del existencialismo del alemán, del pueblo
que buscaba su derrotero con una visión épica y una esencia trágica de su
historia entendida como avatar. Ahí están, enumeradas y profundizadas por
Maestri las premisas de su éxito inicial, de sus accidentes y lecciones
superadas, de sus estrategias y elecciones políticas, de su ausencia de
programa racional y de su panfletaria promesa de desquite y mejoría, de su
mella gradual en la psicología del alemán, de la estricta responsabilidad
histórica de un caldo de cultivos económico y social generado tras la
derrota humillante de una fallida primera guerra, unido a una propensión de
carácter grosso modo nacionalista que permitió que una ideología de
escamoteo germinara y floreciera en amplios sectores aparentemente
incompatibles.
Lo aclara Maestri en las primeras páginas de su ensayo: "Alemania fue
entusiásticamente a la guerra, como a una cruzada o a una romería". Con un
análisis estricto del vacío que gangrenaba a las diferentes fuerzas
políticas alemanas, el autor estudia con objetividad la opción alentadora
que podía significar una ideología germanizante (esencialmente antisemita),
demagógico-idealista, "lirista" y nacionalista de raíz étnica y popular que
amnistiara al sentimiento de frustación y de dependencia de una nación de
pasado imperial. Cabe recordar, como lo hace Maestri, que a las causas
faltaban un cauce y un encauzador, o sea, el héroe mítico, que a la imagen
de Federico de Prusia que se autodeclaraba "Criado del pueblo", añadiera la
aspiración del hombre alemán saturado de cultura (no necesariamente culto)
de satisfacer su debilidad "primitiva" por la vía de los atributos marciales,
la disciplina y sobre todo, la obediencia ciega.
Al vuelo, Raúl Maestri roza, y en ocasiones ahonda, en consideraciones que
asombran por la contemporaneidad de sus enunciados. Cito, por ejemplo, la
conciencia clara con que evoca la vaguedad de criterios que definen como "izquierda"
o "derecha" a las fuerzas motoras de la vida política de un país. También la
acuciante sospecha de la fragilidad de la democracia desde su concepción
misma y sus facilidades, o aún la inercia de la masa de electores, absorta
por el caos político, y en consecuencia, incapaz de ofrecer nuevas
disyuntivas al tablero político de una nación. En el caso específico del
nacionalsocialismo alemán lo deja muy claro: "[...] ha alcanzado una
condensación de energías tal, que no se disolverá fácilmente 'sin intentar
antes' su plena realización". El entrecomillado dentro de la frase es mío,
por cuanto deseo recalcar que ese 'intento' que destaca Maestri, no fue otro,
pocos años después, que la expansión y la guerra.
Con el segundo libro, Notas de la URSS, sucede que se trata de una
compilación realizada por el propio Maestri de artículos publicados en el
Diario de la Marina, en el semanario Orbe y en la revista mensual Grafos.
Todos ellos frutos del viaje de cinco semanas que, en 1932, saliendo en tren
desde Berlín, realizó por las ciudades soviéticas de Leningrado, Moscú,
Rostov, Charkov y Kiev.
Los artículos de Maestri sobre la "revolución de los Soviets", vistos desde
la perspectiva de nuestro tiempo, a más de una década del desmoronamiento
del comunismo y la apertura de los archivos del horror estalinista, pudieran
tildarse, sin temor a equivocarnos, de ingenuos e, incluso, connotadores de
cierto entusiasmo con respecto al sistema que se ponía en marcha en la Unión
Soviética de entonces. Raúl Maestri reconoce en no pocas ocasiones la
incompatibilidad entre la aspiración teórica del sistema que se intenta
construir y la realidad distante de sus resultados inmediatos. Mas no se
adelanta, ni se esclarece, en sospechar que la maquinaria demoledora del
régimen soviético escondía una razón dictatorial de mayor envergadura. Su
viaje a la extinta Rusia y su asombro honesto son, ideológicamente hablando
y a los efectos del periodismo resultante, equiparables a los errores
cometidos, en un inicio también, por el filósofo francés Jean-Paul Sartre
después de sus dos viajes a la Cuba de principios de los sesenta.
Ahora bien, de la misma manera que Raúl Maestri, de educación y modo de vida
burgueses, conocía las deficiencias y estado crítico del capitalismo
incipiente cubano y las profundas dificultades del mismo sistema en un orden
internacional; de la misma manera con que pudo predecir el movimiento de
fuerzas políticas alemanas que zanjarían el camino para el triunfo
devastador del fascismo; no logró, tal vez falto de precedentes o demasiado
embuido por la lectura de teóricos del marxismo, descifrar en medio de la
demoledora realidad soviética, las tenazas de hierro que se cernían sobre la
libertad del espíritu y el derecho individual a la emancipación. Tampoco así
las ínfulas imperiales del régimen de Moscú.
Al margen de estas consideraciones, me parece justo anotar que al menos
treinta y cuatro de estos artículos, fueron publicados durante los meses de
noviembre y diciembre de 1932 en el Diario de la Marina, bajo el
consentimiento de su director José Ignacio Rivero. En cierta medida,
semejante disposición en las páginas de un diario tradicionalmente tildado
de conservador por la propaganda del totalitarismo cubano de hoy, no puede
resultar más que sorprendente, a la vez que deja clara evidencia de la
saludable libertad de prensa en la Cuba republicana.
Quizás en este sentido el artículo más esclarecedor de cuantos integran este
segundo libro sea "Dictadura y democracia". En él emerge la contradicción
que el joven Maestri, de apenas veinticuatro años, no pudo resolver entonces.
"La dictadura soviética es férrea", nos dice, y enumera el estado de
constante sobresalto, de miedo, de delación y de desconfianza en que vive el
hombre soviético, vigilado día y noche, por las siniestras oficinas de la
GPU y por los propios ciudadanos. Nos cuenta incluso que el material
fotográfico del que disponía tuvo que entregarlo a los servicios de
inteligencia para que censuraran, sin justificación verbal alguna, las
imágenes que no deseaban dejar salir del país. Sin embargo, al final de ese
mismo artículo incurre el propio autor en el error de considerar que la
democracia y la libertad, tal y como son concebidas del otro lado de la
cortina de hierro, son un lujo que determinadas sociedades en perpetuo
estado de acoso, como la soviética, no pueden permitirse. Es el mismo
razonamiento que, décadas después e incluso más allá de la caída del muro de
Berlín, practican no pocos intelectuales de Occidente con respecto a Cuba en
su hipotética posición defensiva con respecto a Estados Unidos.
Finalmente, otro artículo, "De puertas adentro", describe sin subterfugio
alguno el estado calamitoso de la vivienda y de la vida privada (inexistente)
en la URSS. En él descubrimos la naturaleza honesta de Maestri que no oculta
al lector cubano las inclemencias del sistema describiéndolas de forma
descarnada y sin ápice alguno de simpatía. Este artículo, y otros en los que
aflora ya el impacto de las garras del sistema político, permiten crear un
balance justo de la obra. No creo que Raúl Maestri estuviera vendiendo la
imagen del sistema para que se implantase en otras partes del planeta. Más
bien me parece que estaba intentando comprender y descifrar, o a lo sumo
justificar, el contexto en que había surgido el mismo. Probablemente sea
éste el punto débil de la visión histórica del eminente cubano, o sea, el
hecho de recurrir (en el caso de la URSS) a un método comparativo que supone
que cualquier desmán o atrocidad inherente al sistema sería poco si se le
comparara con el régimen precedente, en este caso, el zarismo. El mismo
error lo siguen cometiendo, décadas después, ilustres del pensamiento
universal cuando al referirse a la Cuba contemporánea se aventuran en
similares balances restrospectivos.
El tercero de los ensayos de Maestri que publicamos concierne directamente a
Cuba y en específico a la notoria figura de quien, de alguna manera, puede
ser considerado nuestro primer economista de preclaro juicio: Francisco de
Arango y Parreño (1765-1837). Se trata de una conferencia conmemorativa del
centenario de la muerte del mismo y, en mucho, deudora de las
investigaciones emprendidas por el autor para su tesis de doctorado.
Francisco de Arango y Parreño fue, en su tiempo, el dueño del central
azucarero más grande del mundo. Además de plantócrata de primer orden fue
también el primer gran estadista de América, cabal conocedor de las leyes de
la economía y del efecto nocivo de las cláusulas monopolizadoras de la
metrópoli española sobre la economía de las colonias. Medio siglo después,
otro brillante economista cubano, Manuel Moreno Fraginals, apuntó que el
Discurso sobre fomento de la agricultura en La Habana (1787), obra de Arango
y Parreño, era "una lección de economía, franca, sin más preocupaciones
éticas que el dinero ni más objetivos que la producción de azúcar a bajo
costo". Fue también el primer tratado en castellano que analiza técnicamente
el manejo de una empresa fabril.
Ignoro si Moreno Fraginals conocía el trabajo de Maestri. En todo caso, no
lo cita, y sus fuentes parecen atenerse exclusivamente a las bibliografías
activas. Sin embargo, una vez más, Raúl Maestri se adelanta, sin por ello
ser reconocido, a lo que luego se ha dado por letra acuñada, y que no pocos
repiten como propia cosecha.
De este modo, el tercer ensayo de este libro abarca la dimensión del
homenajeado en ámbitos relacionados con la economía, la sociedad, la cultura
y la política. En ellos, sin proponérselo, por puro instinto cívico y apego
a su tierra, Arango y Parreño disertó y dejó abundante material que en sus
inicios no había concebido para la publicación. Maestri, conocedor de las
cuestiones de historia cubana, ofrece la muy aguda apelación de "Estadista
sin Estado" al hombre que de haber crecido en otro contexto hubiera podido
aplicar y hacer aplicar sus ideas novedosas y su amplio sentido pragmático
de la economía.
Finalmente, el cuarto trabajo aquí compilado, La prensa y los nuevos
problemas de la cooperación hemisférica, resume la larga intervención de
Maestri en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Missouri, durante
la trigésimasegunda Semana del Periodismo, ocurrida entre el 13 y el 17 de
mayo de 1941. Desde aquella tribuna, Maestri, también periodista,
representaba al Diario de la Marina, órgano de prensa para el que trabajaba
y del que fue su Vicedirector.
Resulta muy halagüeño constatar que el representante del diario más
importante de Cuba aprovecha la circunstancia de aquella reunión para crear
un estado de opinión entre sus congéneres americanos favorable a la libertad
económica de Cuba y el interés de Estados Unidos de reestructurar la balanza
de comercio cubanoamericano en beneficio de ambos países. Digo esto, porque
lejos de proclamar los méritos del diario que representaba, olvidándose
incluso de ensalzarlo como cualquier periodista al servicio de su directiva
hubiera hecho, Maestri sacrifica la valorización de las páginas cotidianas y
de su larga historia, para extender argumentos de interés continental y de
particular necesidad para el bienestar económico de la Isla.
Y no sólo recalca y recava ayuda para estos fines mediante lo que
conscientemente asocia a un instrumento de utilísimo "poder" (la prensa),
sino que expone criterios económicos certeros que diversificarían la
economía cubana y evitarían un sismo económico-político en la vida futura de
la nación. Tal premonición resulta admirable y sorprendente.
Hasta aquí, el hombre actor de la República, siempre pendiente de Cuba y de
la salud de las relaciones internacionales con vista al progreso y al
desarrollo ascendente del hombre. Más de una década de exilio, en la que
también se destacó como consejero para Asuntos de América Latina del Banco
Mundial, bastó para que su extensa y válida labor se diluyera en el fondo, a
veces impenetrable, de ese cajón de sastre de seres ilustres que ha dado
Cuba, de los que hoy apenas se citan nombres.
Por eso, al preparar este prólogo y rastrear a través de lecturas y muchas
horas de conversación sobre la personalidad que nos ocupa, me ha embriagado
la certeza de que este libro implica, como ciertos trabajos de arqueología,
un renacer civilizador para la verdadera historia de Cuba y para los que
desde décadas futuras se enfrentarán a la reconstitución de su lugar
preponderante y de su enorme caudal de ideas.
Ya no es Raúl Maestri aquel señor agraciado por la sabiduría que paseaba la
soledad bajo las ramas secas de su exilio invernal a la espera de los
cerezos en flor. Del follaje de ese tronco abaluartado de nuestra historia
han brotado, sin hojarascas, las ramas reverdecidas de su propia labor.
Puede el cubano insigne y el humanista universal alcanzar ya, de su propia
mano, esté donde esté, el fruto deleitoso de la justicia.
París, 4 de abril de 2006.
* Prólogo de la edición de Obras Escogidas, de Raúl Maestri, Editorial
Aduana Vieja, Valencia, 2006.
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William Navarrete: juegos de luz
Grace Piney Roche
Contrario a lo que pueda parecer, a veces resulta extremadamente difícil
escribir sobre la obra de un amigo: el aprecio y el cariño pueden servir,
cuando no de velo, de catalizador, y los extremos ya sabemos que no son
recomendables. Por alguna razón siempre nos empeñamos en ser más exigentes
con los que tenemos cerca, pero en este caso, aunque no pueda evitar el
entusiasmo, creo que está justificado. |
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William Navarrete.
"Catalejo en lontananza"
Editorial Aduana Vieja, Valencia, 2006 / Fotografía de Roberto Marquino. |
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En los últimos años, el nombre de William Navarrete, amigo leal y entrañable,
se ha afianzado como uno de los valores más firmes de la literatura cubana
contemporánea. Y no lo digo solamente yo. Para Luis de la Paz, por ejemplo,
analizando su poesía, Navarrete marcha a la vanguardia expresiva de la más
reciente literatura cubana, heredera emocional de los grandes autores del
XIX y el XX cubanos. Emilio Ichikawa, por su parte, le define como una de
las personalidades de más consecuentes contornos que muestra hoy la cultura
cubana.
A su demostrada excelencia como poeta y como investigador, podemos añadir
ahora, gracias a la recopilación de textos Catalejo en lontananza que nos
entrega Aduana Vieja, la posibilidad de descubrir una prosa reflexiva más
urgente e inmediata, la del periodismo, que ya sabemos tiene sus reglas, que
dictan presteza y ligereza para emprender el vuelo diario. De hecho, a ratos
el lector podrá tener la impresión de que disfruta también de un ameno libro
de viajes, rodeado de multitud de referencias.
Uno de los valores de este volumen reside, sin dudas, en reunir una obra
diseminada que hemos ido leyendo de forma intermitente en los últimos años,
sobre todo por la variedad de medios en donde ha ido apareciendo.
Catalejo en lontananza es un libro lleno de descubrimientos. "Juegos de luz",
también podría llamarse, parafraseando los famosos "Juegos de agua" de Dulce
María Loynaz. Observatorio, sí, como su título sugiere, pero no desde lo
distante o desde la descomposición de la luz al atravesar un prisma. La
seria labor de investigación y sistematización que precede a cada uno de los
trabajos de William Navarrete, que además podemos decir que es uno de
nuestros autores más prolíficos, con esa capacidad inconmensurable evidente
en los grandes autores, permite un diálogo con la realidad de su tiempo,
escribiendo con paciencia para un lector al que no tiene reparos en
facilitar útiles precedentes para la mejor comprensión de sus propuestas.
Algunos de esos elementos corresponden al nivel de las apreciaciones
psicológicas y sensoriales, difícilmente constatables a través de la simple
enumeración de hechos históricos o literarios, como si fuese graduando ese
catalejo virtual, ora aproximándolo, ora alejándolo para ganar en visión y
precisión. Hay que tener en cuenta también que ya no se escribe para los
lectores de un diario específico, sino con la certeza de que Internet
amplificará de inmediato la cobertura de un texto, y Navarrete sabe
aprovechar muy bien esa circunstancia.
La literatura cubana cuenta en su haber con una larga tradición de
magníficos cronistas. Ninguno de nuestros grandes autores ha podido dejar de
sentir el influjo y la seducción del periodismo. Martí, Lezama, Baquero,
Carpentier, entre muchos más, supieron crear un espacio personal en el
difícil arte del columnista. La obra periodística de nuestro autor destaca
no sólo por su mirada crítica y por su capacidad de asociación y análisis,
indispensables al oficio, sino por una labor de investigación mucho más
exhaustiva de lo que un simple artículo de opinión podría exigirle.
Cuba es el motivo principal que exhala este libro y no podía ser de otra
manera. William Navarrete es también un agitador nato, y empleo la palabra
en el sentido más positivo y revolucionario del término. Desde su exilio en
Francia, Navarrete padece el dolor de Cuba, ese golpe que a muchos nos hiere
y que cada día remueve los cimientos éticos y morales de toda persona
comprometida con la cultura y la realidad cubanas; algo que se trasluce con
delicadeza a través de sus palabras, de lo que dice, de lo que alude, pero
también de lo que calla y trabaja de manera incansable. Léase "La represión
en Cuba" o "La ciudad de los suspiros o La Habana entera", y se sentirá de
manera palpable ese sufrimiento por la ciudad abandonada y se compartirá el
dolor del destierro.
Desde París, William Navarrete también ha promovido un importante movimiento
de apoyo a los presos de conciencia cubanos y a sus familias que ha llegado
a tener reprecusión en el resto de los países de la Unión, y ha conseguido
que diputados en Francia, y en otros países, se adhieran apadrinando a cada
uno de los presos de la Primavera Negra de 2003.
La Historia de Cuba ha sido manipulada de manera sistemática por el Gobierno
cubano y no son sólo los historiadores los que tiene a su cargo recoger la
historia real y la "otra versión". William Navarrete es una esas voces
claras y serenas, apasionada cuando hace falta y contenida cuando la ocasión
lo exige, que da paso a la razón imprescindible para la interpretación del
panorama contemporáneo de la cultura y la realidad político, social y
cultural de Cuba (incluyendo cuando hablo, por supuesto, su manifestación en
el exilio). Le agradeceremos, sobre todo, que recupere para nosotros el
panorama de la cultura cubana en París, el bagaje de la música y mucho de
las artes plásticas en el exilio.
Como comprenderá el lector en el índice, el libro se estructura en cuatro
grandes bloques temáticos: Historia-Política-Sociedad, Literatura, Artes
Plásticas-Teatro-Arquitectura y finalmente Música. Encontrará artículos
publicados en su columna y en otras revistas impresas y publicaciones
electrónicas*. Por último, completa esta edición de Aduana Vieja un útil
índice onomástico que ayudará a encontrar fácilmente múltiples referencias y
también nos da una idea de la amplitud de temas y personajes tratados.
El empeño de William Navarrete me recuerda en ocasiones al de Martí, ese
joven pertinaz moviéndose todo el tiempo de un lado a otro, recopilando
apoyos para la causa de la libertad de Cuba, pluma en ristre, que pareciera
no tener más vida que para Cuba y la escritura.
En definitiva, Catalejo en lontananza es un libro ameno, con buenas críticas,
cargado de referencias, análisis profundos de exquisito detenimiento y que
consolida a William Navarrete entre las figuras prominentes de la literatura
hispanoamericana contemporánea.
* "Catalejo en lontananza" (Ed. Aduana Vieja, Valencia, 2006) recopila
artículos y ensayos de William Navarrete publicados en El Nuevo Herald,
Cubanet, Linden Lane Magazine, El Ateje, Encuentro, Misceláneas de Cuba,
Tranvía, Quartier Latin, El Disidente, Herencia, 100 Años, Nueva Prensa
Cubana, Venezuela Futura y otras revistas electrónicas e impresas. |
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Lesiones de historia
(artículos de prensa)
Raúl Rivero.
Ed. Aduana Vieja, Cádiz, 2005
Reseña: "Crímenes de lesa patria"
Por William Navarrete
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Crímenes de lesa patria
William Navarrete
Acabo de leer, reunidas en un mismo volumen, las crónicas que entre febrero
de 2001 hasta marzo de 2003 escribió el poeta y periodista cubano Raúl
Rivero desde Cuba y desde la propia agencia de prensa no gubernamental que
fundara en La Habana de finales del siglo XX. Cabe el honor de reunir este
legado a la editorial gaditana Aduana Vieja que lo ha incluido recientemente
en su catálogo.
La consecutividad del trabajo del cronista, agudo y mordaz, hubiera arrojado
más luz sobre esa sociedad en penumbras que es la cubana si no le hubieran
condenado arbitrariamente a vivir el encierro de una cárcel donde, ya lo
sabemos, sólo se le autorizó a escribir poesías de amor. |
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En esa cárcel, distante de su domicilio habanero y cruelmente cercana a
Morón, su poblado natal, Rivero padeció un año y medio de humillaciones, que
–lo comprendo– tal vez no tenga ganas de evocar.
Las que pudo escribir fuera de ella, son las crónicas de un hombre que
siempre fue libre, y que aún encerrado, siguió siéndolo. Raúl Rivero, cuando
lo dejaban, auscultaba con la única luz posible en medio de tan desolador
panorama, la propia, las fibras de un tejido social descompuesto y
moribundo, asfixiado e irreal, angustiante y doloroso. Irrelevante para el
mundo, trascendental para los cubanos.
Se podría ofrecer una lista interminable de todas las desgracias que el
régimen inflige al ciudadano cubano bajo sus botas. Por ahí andan en cientos
de libros y miles de artículos. No mencionaré ni una. El periodista atrapa
las que humanamente puede digerir, el poeta las teje con su prosa sabia
sufriéndolas y sintiendo cómo le escamotean impunemente horas de vida que
son años de poesía. Horas de vida, días, sacrificados por la aberración de
unos pocos que han convertido al absurdo en una necesidad de la que no se
puede huir. De todo ese dolor reunido el que más me lacera es el del poeta
malgastándose porque otros le desgastan el alma y otros tantos, indiferentes
o terriblemente incapaces, van a lo suyo.
Hay que ser muy generoso –y en lo adelante no me cabe duda alguna– para
ofrecer a quien lo merece y también a quien no, estas lesiones de historia.
Hay que ser muy generoso cuando siendo un lesionado de la historia, un ser
acorralado, con una familia desmembrada por el éxodo, una madre muy mayor,
la miseria al pie de la ventana y una patria en ruinas, se clama, desde
dentro, por los indefensos y por lo que queda de memoria.
Ahí están esas lesiones –que ni siquiera pretenden convertirse en
lecciones–. Desde el Martí vaciado de su bella humanidad ("Un tal José
Martí") hasta la jinetera de mirada triste y altaneras marcas que llega de
Roma y enseña el as de triunfo con que tapa su tristeza ("Mírala tenderse").
Desde los boleristas censurados del exilio ("Oro y olvido") hasta la muerte
en otras latitudes de los que han dado su sabiduría por Cuba ("El sabio
nuevo"). Está también la masa "amorfa" que sufre tanto o más que las
ciudades oscuras, las fábricas silenciadas, los campos arrasados. Raúl
Rivero lo dice en una frase: "la vida a plazos" de todo lo que intenta
sobrevivir al régimen. Todo ello, sin descuidar, de vez en cuando, un toque
de humor inteligente, irónico y también muy generoso, el que tal vez nos
ayuda a soportar la espera, el mismo que hace que los habitantes de un
caserío cercano a Chambas cronometen el tiempo a partir de un hecho en
apariencias irrelevante: antes o después de que el Granma (diario oficial
del gobierno cubano) matara a una vaca que pastaba ajena al mundo cuando la
avioneta encargada de lanzar el bulto de periódicos hizo de su cabeza un
blanco ("Realismo limpio").
Y está ese crimen de lesa humanidad que cometen amparados en un código penal
de carcajadas trastrocado en otro de lesa majestad que ni siquiera existe, y
aunque existiera, no cabe en medio de tanto horror, y lejos de ser crimen,
sería alivio. A Raúl lo condenaron porque estas crónicas, su poesía, su
pluma de hombre libre, atentaba contra la seguridad de un país, o sea,
contra la seguridad de los pocos tunantes para los que sí vale la pena
seguir viviendo en él.
Mas lo que queda ileso, no es el hombre, ni el creador, ni el lector, ni
siquiera los malos gobernantes que ya ni siquiera saben cómo se gobierna. La
que nos llega ilesa, para perdurar y no olvidar, es la memoria, por muy poco
poética que sea, que Raúl Rivero convierte en necesaria para que futuros
gobernantes recuerden que hay crímenes sin sangre, y los indiferentes
gobernados sepan también que, a veces, se mata lentamente cuando, por
cansancio o egoísmo, dejamos cometer crímenes de lesa patria.
Raúl Rivero
"Lesiones de historia"
Ed. Aduana Vieja, Cádiz, 2005, 206 pp.
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Celda número cero
(poesía)Manuel Vázquez Portal.
Ilustraciones: Caridad Becerra
Ed. CubaNet, 2000 |
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Reseña
Celdas sin números
William Navarrete
Quien se acerque al poemario Celda número cero (Ed. Cubanet,
2000) del escritor y periodista independiente Manuel Vázquez Portal (Morón,
1951) buscando consignas panfletarias, descubrirá que la poesía, la
verdadera, es duende mágico, gigante errante, enigma misterioso, incapaz de
satisfacer a quien no habita en ella, incapaz de plegarse al encargo que se
despacha más con el pulso que con el alma.
Y esa satisfación de volver a los predios de la buena poesía, exquisita y
cubana; además del temor de no abarcar con justas palabras la admiración
ante su excelente factura, me la ha dado la lectura de Celda número cero,
premonitorio título para un poemario de quien sufriría, años después de su
creación, un encierro adicional, no ya dentro de las fronteras nebulosas del
totalitarismo sobre toda una nación o de aquéllas más nebulosas todavía del
misterio de las leyes que rigen la vida de los hombres, sino dentro del más
vulgar de los encierros: el de las cuatro paredes frías del silencio vuelto
espeso y rencoroso muro que le roba el horizonte a la mirada.
Los versos de Vázquez Portal echan raíces en el fértil pasto de la sabiduría
que todo lo puede contra el designio de los hombres y la fragilidad de sus
empresas. Porque en parte, disfruta el autor sus propias carcajadas que son
las de quien descubre, y cuenta con malicia, las jugarretas de la vida
efímera y los esfuerzos inútiles del hombre hacedor de Historia en la
turbulenta zozobra de sus actos y de su historia.
Es ésa nuestra prisión primera, la única y verdadera, la que apenas logramos
distinguir, y casi nunca abrir, porque nos venda los ojos (o nos los venda
la engañifa del dulzor intermitente de la vida) dejándonos sólo sueltas las
lenguas para saciar nuestras quimeras, para fingirlas, adorarlas o
aborrecerlas, e incluso, imponerlas. Reconocerlo pudiera resultar más fácil
que expresarlo desde el agudo dolor del elegido que ordena las palabras,
como lo hace Vázquez, para que el misterioso orden del dolor expresado con
elegancia tienda cercos invencibles, que son versos con ráfagas de muecas
dulces, a la pomposa vanidad de la vida, y libere, de una vez, al espíritu,
de los espejismos de alborozadas rondas.
Pero ni siquiera los elegidos pueden elegir bajo esta telaraña de la que
nadie, ni algún dios, conoce la primera puntada, y menos, la última. "Si
dieran a elegir preferiría / el silencio abismal de los nonatos" (poema IV),
pero no habrá elección si la sentencia llega como hachazo indetenible desde
la noche del tiempo, y es cárcel el mundo al que se nos arroja desde la
cárcel silenciosa de un cuerpo que da vida, y ya tan libres de éste o de
aquél cuerpo, o creyendo nuestro andar ligero, no queda más, dice el poeta,
que "domesticar la mariposa" (poema IV).
Si me dieran a elegir preguntaría a Vázquez Portal tantas cosas que
sacrificaría mi honda hamaca de lector insaciable, y hasta mi último guiño,
y me aventuraría en las "goletas con las velas hinchadas de promesa" (poema
VI), no para traer de vuelta la realización de los sueños, sino para rozar
junto a la marinería ilusa el refugio desde donde el poeta, ajeno a la
afanosa turba, contempla la estéril agitación de los viajeros.
Se lo preguntaría como preguntaría también si no forma parte él del coro de
sabios que evoca, ignorando tal vez que la solución o la esperanza no
existen y que para ellas no hay más sabiduría que el estado de gracia de un
poeta, el suyo propio, que amasa al mundo en una bola de cristal que se
vuelve tibia entre sus manos: "los sabios buscarán su nobleza y sus libros /
buscando la razón cardinal del enredo" (poema IX).
Pocas veces he tenido en mis manos un poemario cuyo hilo temático salte de
verso en verso, de poema en poema, hasta su coda, como sólo sucede en las
perfectas sinfonías. Me atrevería incluso a afirmar que, imperceptible,
existen dentro de él tempos que completan la armonía de su todo. A medida
que esta celda primigenia, la que todos llevamos consigo, querrámoslo o no,
después de nuestro nacimiento, se vuelve menos inextricable, ninguna otra
aplacará la rabia, la creatividad, la inteligencia, como en el caso de
Vázquez, y en el de ciertos hombres y pueblos, para cerrarse sobre ellos,
sin medidas, con esa asfixia que soplan los monstruos, enemigos del andar
libre del hombre, para invadirles el pecho y golpearlos.
Son ésas las celdas sin números, contra las que sí podemos algo (y lo sabe
Vázquez) como escapar o echar al suelo sus cerrojos para quedarnos sólo con
la celda que llevamos dentro, contra la que podrán algo, tal vez, la magia o
el azar, las fuerzas secretas o uno de esos dioses.
Y de esas celdas, una al menos, tiene nombre: Cuba. Y leemos a Vázquez en lo
que quizás sea el poema más emotivo del libro (XLI): "Vengo, patria, a
abrazarte / para fundarnos juntos", para que vuelvas a la celda primera,
contra la que triunfan los versos, los buenos, y no se malgasta el buen
poeta; contra esa celda por la que nos desvivimos todos con la certeza de
sentirnos libres.
Miami, agosto de 2005.
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"Historias
gentiles antes de la Resurrección /
Old Blues and Tomorrow Songs"
Regis Iglesias Ramírez
Portada de Ernesto Lozano
Ed. Aduana Vieja, Cádiz, 2004 |
Del otro lado de las rejas (prólogo a la edición)
William Navarrete
Dolorosa tarea la de preparar y publicar cuando se es libre la obra de un
poeta en prisión. No sin temor -por el cautivo- decidí, con el concurso de
amigos solidarios en la poesía y en el destierro, encaminar el poemario de
Regis Iglesias Ramírez hacia la luz que arrojará sobre los amantes de la
libertad y del buen verso la publicación, por la editorial gaditana Aduana
Vieja, de estas cuartillas.
Un largo camino de azares y tropiezos han recorrido estos versos desde
que su autor, detrás de los barrotes de la prisión cubana de Ariza, los
lanzara como una botella al mar liberándolos del encierro físico al que
parecían condenados. De La Habana a Ciudad México, de París a Miami, de
estas cuatro ciudades a la simbólica Cádiz, cuna de la libertad, ha obrado
la magia de la poesía, muchas veces imperceptible para el lector que
desconoce los giros del ovillo, para que más allá de la oscuridad de una
celda, vibren y clamen estos versos en la voz del hombre al que la censura y
el terror no han podido amilanar.
Regis Iglesias Ramírez, encausado y condenado -todavía el mundo ignora por
qué- a 18 años de prisión es, como otros poetas cubanos que corren su misma
suerte, como tantos poetas cubanos que aparentemente libres sufren similar
opresión, el portavoz consciente del dolor que trae consigo la indiferencia,
el olvido, la disimulación, la arbitrariedad, el castigo. También lo es del
renacer de la esperanza en una tierra doblegada durante mucho tiempo
-demasiado tiempo- por el capricho y la crueldad de un puñado de tunantes.
"Historias gentiles antes de la Resurrección" está lejos de ser un simple
panfleto de poesía militante. Como en los presagios más preclaros, su autor
adivina -y nos lo advierte en una breve introducción- qué suele esperar el
lector de un poeta que, como él, es también prisionero político. Mas la
poesía no admite gobierno, ni órdenes, ni manipulación alguna. Nace
espontánea o se queda sin nacer. Tampoco responde a encargos ni a
desmesuradas pretensiones. La poesía no se vende. Ni siquiera sirve de
peldaño para aquilatar la fama. Tampoco puede nadie pretender hacer de ella
un arma de combate porque es ella quien escoge de qué armas se valdrá para
llegar y tocar en lo más profundo, para revelar o disimular la voz recóndita
del alma. Por ello, -losabe muy bien el autor- estos poemas no servirán a
quien busque en ellos gritos de combate o consignas que no sean las del
estandarte de un hombre libre ondeándolo, contra vientos y mareas.
Brotan, en estas condiciones, espontáneos, los versos del poeta y en su
brotar erran por los recovecos de la memoria de una generación de cubanos
marcada por el deseo - casi nunca satisfecho - de extender el saber y la
experiencia más allá de la frontera imaginaria, y la vez dolorosamente real,
impuesta a un pueblo. Una generación dispersa y herida cuya memoria pende de
muy frágiles hilos, a veces de una simple tonada, otras de una frase
olvidada que de pronto surge como un espejismo para desaparecer de nuevo en
el pozo del olvido. Tal vez por eso, son los temas musicales, en su viaje
irremediable por las ondas, en las voces de quien andan de paso, los que
sirven de pauta a esa liberación primera del poeta joven. Con qué certeza
resuenan en ellos las entonaciones de la mítica Lupe! Con qué desenfado
admirable y sabio compone Regis Iglesias un son montuno al universo
monstruoso y frágil de la prisión en que vive! Qué de imágenes que se
espesan en la negrura de su celda para levitar en la poesía, incluso, en un
cantar tan popular que ya es clásico como el del Benny! Cuánta prohibición!
Cuánta zozobra mal vivida por el oyente que arriegaba el calor de su hogar
al recorrer en un simple dial las canciones anglosajonas de su adolescencia!
Más que una lección de vivencias personales, que bien poco podrían interesar
a quien ha vivido las propias, es todo un aprendizaje de humildad y de
sosiego lo que aflora, sin resquemor alguno, de estos versos. Paz en dolor,
firmeza en los principios, ética ante la escritura, conmiseración por el
verdugo. He aquí las claves de este sentido libro: el canto profundísimo de
un hombre eternamente libre al que nada ni nadie puede subyugar; porque
nadie que silencie lo justiciero -ningún verdugo o censor, ningún inquisidor
o traidor, ni siquiera un dictadorzuelo mezquino de opereta y pacotilla-,
puede, no digo yo conocer, ni siquiera sospechar, como conoce el poeta, el
verdadero secreto de la libertad.
París, 10 de octubre de 2004. |
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